A través del ojo del cuervo (V)

La respuesta fue el sofocante silencio por parte de Kraka. Forzando a las rodillas y la espalda, Viggo se encorvó empujando a la mujer hacia atrás para adherir una barbuda mejilla contra la de ella. Apretó el bajo vientre y pujó, enterrándose en su interior hasta los mismísimos testículos.

Silencio, silencio, silencio, nada más iba a brindarle, ya que el cometido que la había llevado hasta ahí era simple y, para que resultara eficiente, Kraka estaba obligada a no salirse de la línea, una línea tan fina, semejante al hilo que entretejía su existencia. Tembló sobre las rodillas, los pechos le oscilaron y alargó los brazos hacia arriba para posar las manos a los lados rapados del cráneo de Viggo.

Él viró la cabeza, respirándola, y le cercó el cuello un poco más, robándole un resuello que, de persistir, también haría cantar a las calaveras de cuervo que adornaban el torque. De un embate, se acomodó en el femenino núcleo. Como tope entre el sexo de Kraka y su cuerpo estaban sus testículos jaspeados de deseo. Viggo se concedió el capricho de besarla sabiendo que si se quedaba quieto sintiendo las glotonas contracciones del tragón sexo y la pequeña lengua de ella contra la suya, se correría. Por ello, se revolvió, la izó y…

cuervo

La vació del latir férreo, privándola de la plenitud más absoluta. Kraka protestó pese a la unión entre sus bocas que Viggo, a continuación, también sesgó. Como a una muñeca de trapo la devolvió al suelo, en esta ocasión panza arriba. Ella podría ser un jouhikko[1] dado el modo en el que él la tocaba, produciendo una melodía frénica, pasional. 

Viggo, desgastándose las rodillas, aupó las piernas de Kraka y retornó a calentarse en el fuego de esta. La larga trenza que le agrupaba la cabellera osciló al ritmo de las nuevas acometidas que, dada la posición y el relente en el sexo de Kraka, producían una intensa musicalidad.

En realidad, la distancia entre la cordura y la locura era de apenas un soplo y Kraka ya estaba bufando. Se aferró a los musculados antebrazos, en tanto los tobillos le cimbreaban en el aire. Lo sentía tan adentro que juraría que la verga de este le latía junto al corazón. Contraria al lloriqueo, no pudo contenerlo.

—Tu nombre —reclamó Viggo, convencido de que ella abdicaría, acechada por el inminente orgasmo que temblaba alrededor de su verga. Ciñó la vista en la ensambladura entre sus sexos, observando cómo perlitas cristalinas escapaban de entre los pliegues y brincaban, mojando los bucles de sendos pubis.

—Kra… Kraka —gimoteó la boca sin pedirle permiso al cerebro. Viggo cargaba con la furia de un berserker[2] y ella no tenía batalla que presentar, era una perdedora. Un salto de transpiración le desembocada en el ombligo y la cabellera se le pegoteaba a media faz revelando entre las hebras destellos luminosos que, con el orgasmo relampagueándola, iluminaron la cara de Viggo.

—Kraka —repitió él, haciéndose con el nombre. Las convulsiones orgásmicas en torno a su verga y el consiguiente chaparrón lloviéndole las ingles pretendieron seducir a su propio éxtasis, empero Viggo lo evitó. Aminoró el ritmo, embistiendo, acometiendo, prolongando el femenino placer y, sediento, modificó la postura, apoyándose en los antebrazos, y meció los labios en los gimientes de Kraka.

Él le retozaba en el vientre[3] y, en consecuencia, ella seguía zozobrando, ahogándose en la vorágine del deleite carnal. Cuando el orgasmo dio sus últimos coletazos y feneció en su sexo, jadeó contra la boca de Viggo y desenganchó las manos de los tríceps, que había dejado marcados por sus uñas.

Chs, chss, chsss… volvió a oírse tras mermar la escandalera de gemidos, jadeos y grititos. Las llamas en el hogar no iluminaban en demasía, puesto que el aguanieve no había dejado de caer y, con su frío, extinguió parte del fuego al no ser mantenido ni alimentado. Aun así, alumbraba las siluetas de los cuerpos que yacían en el suelo, brillantes de sudor.

Kraka entornó el ojo, percatándose del motivo por el que Viggo acababa de frenarse: estaba reprimiéndose. Sin mediar palabra, apretó los labios sobre los de él y espoleó con los tobillos las rubicundas nalgas, forzándolo a volverse hacia atrás y sentarse.

—Quédate quieto —graznó, gutural, quebrando el mutismo. Calibró las caderas para no sacarlo de su calor y afianzó las manos en los fornidos hombros antes de comenzar a montarlo.

Quizás, en otras circunstancias, Viggo se habría opuesto a que ella tomara las riendas, podía ser que hasta le hubiera resultado un divertido juego; sin embargo, no en aquellos momentos. Como el que venera una efigie, miró el velado rostro de ella y liberó un gemido abisal de su garganta. El sexo aterciopelado de Kraka le comprimía la verga conminándolo a pagar un danegeld[4] pobre de oro, pero rico de él.

Autora: Andrea Acosta. Texto corregido por Silvia Barbeito y dedicado a @Beka_Von_Freeze.


[1] Lira de dos o tres cuerdas que se toca con arco o a veces a dedo, se cree que es de origen vikingo.

[2]  Hoy en día, la imagen del berserker sigue siendo contradictoria. A grandes rasgos, dice ser del guerrero de élite vikingo que iba a la batalla posiblemente «descamisado» y destilando furia animal, que algunos expertos atribuyen a la ingesta de alucinógenos o hasta al síndrome de histeria del trastorno de estrés postraumático. La mencionada furia de estos guerreros recibía el nombre de berserkergang.

[3] Parece ser que los vikingos usaban eufemismos para referirse al acto sexual y el mencionado es el más explícito que ha llegado hasta nuestros días. 

[4] Los drakkar (también långskip) eran los barcos vikingos por excelencia, estrechos, muy veloces y ligeros. El nombre que reciben significaba dragones.