Contagio (III) Delito

Esto es delito. Nos pueden multar por esto. Nos pueden mandar a la cárcel por esto. Pero no me importa. Realmente no me importa nada en este momento. 

Me late tan rápido el corazón que soy capaz de ver como vibra mi camisa al ritmo de las palpitaciones. Me recoloco la mascarilla, por si hay miradas indiscretas. «Sales tú primero, te metes en casa y dejas la puerta encajada. Yo subiré y bajaré un par de veces en el ascensor para hacer tiempo y después entraré. Hazlo exactamente como te he dicho y no pasará nada.» Me besa en la frente y me da una cachetada en el culo.

Dejo atrás el ascensor, entro en casa y dejo la puerta tal y como me ha dicho. Me pregunto cuántas veces habrá hecho esto antes, cuantas veces habrá infringido la ley a cambio de un orgasmo. Delito de cama. 

Todo el plástico guardado, como todos los días. La mascarilla quitada. A la espera.

La puerta se abre suavemente tras de mi y se vuelve a cerrar de igual forma. Pasos. Me agarra fuerte por la cintura y me atrae hacia él de un empujón. Cuando voy a decir algo me da la vuelta y me tapa la boca. «No puedes hacer ningún ruido ¿me oyes? Si te escuchan nos pueden denunciar y no quiero otro delito en mi historial ni quiero ningún problema para ti ¿vale?» Asiento. «Muy bien, déjame a mi, e intenta no hacer ruido, yo te ayudaré a apagar tu voz.» Y nos besamos. Y sus manos bajan rápidas a mi culo para golpearlo. Parece que hay prisa, puede que la haya.

Sus dientes se clavan en mi cuello con la suficiente fuerza como para que el dolor sea placentero. La piel de gallina y su polla dura. Y el contacto de la piel. Caliente y sudorosa. Mi mano se cuela en su pantalón y lo toco. Es gorda y grande, el pantalón cae y puedo pajearlo con tranquilidad. Tiene la punta algo mojada… se me hace la boca agua. Empiezo a respirar acelerada, cada vez que me muerde creo morir. De pronto sus manos se posan en mi cabeza y me piden bruscamente que baje. Me la como sin rechistar y lo escucho de fondo «te dije que no te iba a dejar hacer ruido». Chupo recreándome en cada lengüetazo. Sabe a sudor y a clandestinidad. Abro la garganta y la meto entera. Toco con la nariz su pubis. Su manos aprietan mi pelo. Placer. 

Me levanta. Me tira al sofá y me quita los pantalones. Las bragas. Me abre las piernas y se mete dentro. Noto su lengua jugueteando con todo mi ser. Me escupe y mete los dedos a la vez que succiona mi clítoris. Los dedos entran y salen, la lengua dibuja círculos. Voy a gritar, lo necesito. Cuando empiezo a hacer algo de ruido noto como me pega con la mano en el coño. «No hagas ruido» y eso me pone peor. Chupa, me da con la mano, mete los dedos. Me voy a correr y se va a enterar yo no solo mi bloque si no toda la ciudad. Él lo nota y antes de que eso pase para y me pone a cuatro patas.

En el sofá comienza a follarme. Fuerte y duro. Solo se escuchan los golpes de su cadera contra mi culo. Me agarra de pelo y tira de mi hasta que consigue meterme un dedo en la boca. «Muerde y no hagas ruido». Le hago caso. Empieza a tocarme a la vez que me penetra. Y me dejo ir. Me corro. Le muerdo el dedo tan fuerte que creo que se lo voy a arrancar. Me mojo tanto que noto como cae por mis piernas.

Él la saca y me pide que abra la boca. Se corre en mi cara y mi boca. Cálido y agrio. Delicioso y sucio. 

José se viste y se vuelve a poner todas las medidas de seguridad. Me pide una caja por si lo paran alegar que trae un paquete urgente a un familiar impedido. Me besa y se va con la promesa de que volveremos a cometer este delito más veces. Y yo, por primera vez desde que se decretó este estado de excepción me acuesto sin lavarme las manos y oliendo a un sudor que no es mío. Ojalá siempre. 

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