Fin de una década y el nuevo paradigma de la sexualidad en el cine

En 1896 con The May Irwin Kiss se presentó en el cine el primer beso escandaloso de la pantalla grande, para dar paso luego al primer desnudo femenino en 1915 y la primera escena de sexo con orgasmo unos años después en 1932. Con el correr del tiempo, la mujer se convirtió en el objeto de deseo por excelencia, y a raíz de esta idea, los directores incluían en sus filmes algún que otro plano de pechos o desnudo trasero para provocar al espectador e invocar en éste el mismo deseo que el protagonista.

Salvando algunas excepciones del cine más “under”, la mayor parte de los filmes comercializados de aquí en adelante fueron similares: la sexualidad era equivalente al amor romántico heterosexual, coital y reproductivo.

Este fue el impacto que la religión ha tenido sobre la sexualidad, una forma de control social que trae consigo el ideal de la pareja heterosexual y la necesidad de reprimir deseos para “evitar el pecado”.

Estos conceptos que hoy parecen tan cerrados son los que se vienen reflejando ya en el cine (y en el arte en general) y son evidencia de la castración cultural que sufre la sexualidad en la mayor parte del mundo.

Incluso hablando de tiempos no muy lejanos, hacia fines de los años 90 y comienzos de los 2000, el cine se inundó de comedias románticas hoy mundialmente reconocidas que parecen no sufrir el paso del tiempo, como Notting Hill (1999), El Diario de Bridget Jones (2001) o Love Actually (2003), que no son nada más que eso: sexo heterosexual y romántico, donde una mujer es cortejada por un hombre – y difícilmente al revés –.

En este tipo de relaciones vemos justificada la superioridad del hombre y la mujer es sometida a las exigencias sexuales de éste. Sin embargo, la sexualidad como producto cultural se está transformando con el correr de los años: hace unos días nada más hemos dejado atrás una década y, junto con ella, abandonado un poco también la idea del sexo como vínculo dentro del amor romántico heterosexual y nada más.

Es interesante analizar cómo esta década pasada no solamente fue más allá de los límites clásicos del erotismo, sino que se empezó a cuestionar qué significa el sexo: deja de ser solamente eso, sexo, para convertirse en algo más.

Diez años de cine in-correcto

Desde su comienzo en el 2010 con películas como Black Swan ya se empieza a cuestionar el sexo romántico para introducir la idea de la obsesión, la fantasía y la masturbación dentro de un deseo lésbico.

En 2011 con Shame el sexo como adicción deja de ser una broma para convertirse en una problemática real que acompleja al protagonista y lo empuja a tener que afrontar sus más oscuros deseos. Se suma a ésta Don Jon en el 2013, donde comienza a problematizarse la adicción a la pornografía y a la masturbación y se la confronta con los cánones del romanticismo clásico.

La comedia romántica como tal empieza a desvanecerse, y con ésta, el desnudo y el erotismo en el cine más comercial, aquello que lo hacía más “adulto”, es dejado a un lado. Probablemente porque se enfrentan a una sociedad que se cuestiona más, y en donde se inicia una evolución en la concepción de la mujer y de las relaciones entre géneros.

Cuando en 2006 las salas estrenan Brokeback Mountain la polémica fue tal que incluso en algunos cines varias escenas fueron censuradas. Once años después, en 2017, Call me by your name, vuelve a poner en boca de todos una relación sexual entre dos hombres, pero esta vez para ser galardonada y considerada una de las películas más bellas de la década. La controversia del sexo homosexual deja de ser tal, se normaliza el deseo entre personas del mismo sexo (por ejemplo, también, con Blue is the Warmest Color -2013-) y comienza a dibujarse la evolución de nuestro consumo y las diferentes inquietudes sobre el erotismo en el cine.

Todo aquello que limita el placer es descartado para dar paso a la posibilidad real de una sexualidad abierta, sin estigmas ni imposiciones. Las luchas de la comunidad LGBTIQ+ y el feminismo traen consigo la idea de una revolución sexual que implica, entre otras cosas, la reivindicación y recuperación del cuerpo, su desnudez y su sexualidad.

Y no solamente en la pantalla grande se da lugar a estos avances, sino que la cultura del streaming que tanto poder adquiere en estos últimos años le otorga un lugar importante a la televisión y, sobre todo, a las series. El sexo sin tabúes se apodera de la pantalla pequeña otorgándonos grandes momentos como como la orgía en Sense8 o las diferentes secuencias que Lena Dunham nos brinda en Girls.

Así, dejamos atrás los años en los que el sexo era únicamente romántico y heterosexual, representado incluso con absurdos como la animación de Anchorman: The Legend of Ron Burgundy del 2004, para explorar la sexualidad desde otra perspectiva, más explícita e incluso como una problemática (como lo hace Lars Von Trier en Nymphomaniac -2013-), dándole lugar también a la mirada femenina y a la exploración del placer fuera de la relación romántica.