El tabú de los fetiches: la ropa interior usada

La falta de normalización sexual acarrea un estigma hacia los fetiches. Se entiende como algo sucio, irregular, fuera de lo convencional y más propio de alguien que tiene una rareza que la simple afinidad sexual de un individuo hacia cualquier aspecto que lo estimule sexualmente. Por eso se considera como una perversión que una persona sienta atracción hacia ropa interior usada, cuando se trata de un gusto como otro cualquiera. Quizá no tan común como la excitación, por ejemplo, hacia el pelo corto, las barbas, los tacones o las prendas de cuero. Pero tampoco el cine coreano es común y no por ello merece menos respeto que otros contenidos.

Este fetiche se conoce como burusera y consiste que el público consensúa y abona una cantidad determinada por las bragas en particular o ropa interior en general de personas que las ponen a la venta tras usarlas. La mayoría de quienes deciden comprar bragas usadas son hombres y valoran tanto las características de la prenda como quién la ha utilizado y en qué circunstancias: no es lo mismo estar sentada en el sofá que haberlas llevado al gimnasio; siempre tiene más morbo las que se han empleado en una masturbación furtiva que las que se portaba estudiando en la biblioteca. O no, y este es otro aspecto que retorna a los tabúes que obstaculizan el entender que cada persona tiene sus apetencias sexuales. Que cada cual compre las bragas que quiera y con el uso que quieran, que se las mandarán a su casa, de forma discreta y envasadas al vacío, para que las disfruten a su antojo.

Comprar ropa interior usadad

Comprar ropa interior usada ni es raro ni está mal.

Elsa Angulo, de la empresa especializada www.panty.com, afirma que este fetichismo supone tan solo uno más dentro de la lista de estímulos sexuales a disposición de cada cual. “Existe el prejuicio de que es algo oscuro o indeseable, cuando solamente ponemos en contacto a unos compradores y unas vendedoras para que desarrollen sus deseos eróticos sin tabúes”, añade Elsa. De este modo, la compañía cuenta con vendedoras y compradores de todo el mundo, pendientes de acordar un precio a cambio de su fetiche sexual deseado.

La mala fama que puede tener la burusera se difumina al pensar en las distintas prácticas sexuales que tienen lugar en las camas incluso de cada lector. Si hay quien disfruta de los disfraces, de los juguetes sexuales, de los roles o de las relaciones íntimas en espacios públicos, por mencionar solo algunas de los millones de opciones disponibles, ¿Por qué no incluir, tanto en compañía como en soledad, ropa interior usada? Cualquier materia sexual debe incluir el respeto: no porque a ti no te guste, siempre que exista consenso entre las partes y no haya peligro, se ha de censurar estímulos ajenos. El sexo se pone a disposición de quien quiera pasárselo bien dando un paso más allá de la postura del misionero, del ver pornografía convencional en Internet o de que la máxima innovación en tus rutinas sexuales se base solamente en un lubricante de sabor a fresa.